El cerebro perezoso ante Trump y el Brexit. Lo fácil consuela

Diari de Tarragona, 19 d’abril de 2018

Explicaciones demasiados pobres. Ni Donald Trump ganó gracias a Vladimir Putin ni los británicos se van de la Unión Europea por Facebook pero, ¿quién se resiste a una buena novela de espías?

Explicaciones sencillas para realidades complejas. Así somos y así seremos. Cuando no entendemos algo basta con simplificarlo hasta que la realidad encaja en nuestros prejuicios. Y es así como en la mayoría de los casos creemos alcanzar una verdad absoluta cuando lo único que hemos conseguido es construir una realidad que nos satisfaga. Vaya, queremos que sea así, pues es así. No hay más preguntas, señoría.

Dos ejemplos de esta manera de enfrentarnos al mundo de los hechos son la victoria de Donald Trump en las presidenciales americanas y la decisión de los británicos de abandonar la Unión Europea. ¿Cómo es posible que ganase Trump? ¿Cómo puede ser que el Reino Unido decida dar un portazo a las instituciones europeas? En lugar de bucear en las razones profundas de las motivaciones de los votantes, la Europa continental se ha contentado con afianzar sus prejuicios y dar alas a los argumentos que permiten explicar ambos casos como fruto de una conspiración exitosa.

Así, Donald Trump ganó gracias a Vladimir Putin y una campaña rusa de intoxicación en las redes contra Hillary Clinton.

En cuanto al Brexit, todo el mundo ha dado por buena a pies juntillas la versión del joven Christopher Wyllie, uno de los cerebros de Cambridge Analytica (la empresa que tantos quebraderos de cabeza ha proporcionado en las últimas semanas a Facebook) y que ahora se pasea por las redacciones de medio mundo para explicar que sin la campaña fraudulenta en las redes sociales los británicos hubiesen decidido quedarse en la Unión Europea.

Mucho ruido y pocas nueces. ¿Acaso los demócratas de Hillary Clinton no jugaron sucio en las redes? Y en el Reino Unido, ¿la campaña del remain pilotada desde las élites políticas y financieras de Londres no utilizó argumentos igualmente demagógicos y zafios para enfrentarse a los brexiteers? ¿De verdad vamos a contentarnos con explicaciones tan pobres para realidades tan complejas y con consecuencias tan directas para todos y cada uno de los ciudadanos del mundo y, en particular, para los europeos? Lamentablemente sí, aunque quizás vale la pena resistirse a ello.

En vísperas de Sant Jordi puede ser oportuno recomendar dos volúmenes a todos aquellos que, sin pretender alcanzar verdades indiscutibles, quieran escapar del bucle de los razonamientos infantiles ante estos dos asuntos. El primero, The Road to somewhere de David Goodhart, un británico que explica el divorcio entre las élites británicas y buena parte de los ciudadanos de ese país. Divide su sociedad entre desarraigados y arraigados. Los primeros, las élites, disfrutan de las ventajas de la globalización y de los flujos migratorios. Son de todos lados y aprovechan las ventajas del mundo del siglo XXI. Los segundos, los arraigados, se sienten desprotegidos y buscan ser de algún sitio porque perciben que para ellos todo son desventajas y que el mundo actual los sitúa del lado de los perdedores. Ahí, dice el autor, está la clave por la que ganó el Brexit y también los motivos que auparon a Trump a la Casa Blanca. Simplemente porque son más los segundos que los primeros.

El segundo, Hillybilly, una elegía rural de J.D Vance, explica a través de la historia personal del autor la decadencia de la clase trabajadora blanca de Estados Unidos, la que no vemos en las series de televisión que transcurren mayoritariamente en los centros urbanos de la costa este u oeste. El libro narra la destrucción de toda la industria americana que hasta hace un par de décadas mantenía vivo el sueño americano y permite entender por qué para muchos americanos invisibles para los europeos el discurso autárquico, proteccionista y racista de Trump encontró el campo abonado para barrer al establishment que representaba Hillary Clinton.

Es más fácil pensar en una conspiración de Facebook que no asomarse al precipicio de los argumentos complejos. Lo fácil consuela y, además, permite hacer oídos sordos a los gritos de auxilio que profieren los votantes. Puede que Facebook sea un problema, pero desde luego no es el problema.